Debemos traer a colación el testimonio de los santos monjes antiguos, muy singularmente los “Padres del Desierto”, es decir, los moradores de los desiertos egipcios y de otros desiertos del Próximo Oriente, que se retiraron a orar y a buscar a Dios en la soledad y el silencio, empeñándose en un esfuerzo ascético y venciendo las tentaciones y todos los ataques demoníacos, como San Juan Bautista y el mismo Jesucristo lo habían hecho.
Los monjes y la llamada del desierto
Desde entonces, y sin olvidar tampoco los modelos de Moisés y de Elías entre otros patriarcas y profetas del Antiguo Testamento, la vida monástica busca el “desierto”, el “yermo”, el retiro del mundo para buscar y contemplar a Dios, para alcanzar la unión transformante en la divinidad. San Antonio Abad, San Pablo Ermitaño, San Pacomio, San Macario… en Egipto; o los Padres del Desierto de Gaza como Barsanufio y Doroteo, o luego los santos estilitas en Siria… todos ellos protagonizaron esta aventura. Es lo que se conoce como la “llamada del desierto”: desierto literal primero y luego desierto que alude a la soledad respecto del ruido mundano de los hombres (puede acabar siendo un vergel de agua, vegetación y vida animal), para que Dios llene esa soledad.
San Benito, en la Italia de finales del siglo V e inicios del VI, advirtió igualmente en su corazón la llamada del desierto o, si se quiere, al desierto. En la soledad, en el retiro, en el silencio, en lo que el monacato ha conocido tradicionalmente como “el desierto” o “el yermo”, el alma puede descubrir a Dios y entablar un diálogo de amor con Él. El hombre, como ser dotado de alma y cuerpo unidos sustancialmente, halla en el desierto un marco apropiado no sólo para el recogimiento espiritual, sino también donde los sentidos perciben la presencia de Dios en las criaturas o incluso en la ausencia de éstas: “desierto” y “yermo” se denominará entre los monjes tanto a lo que habitualmente entendemos por desierto, como a un lugar de extraordinaria belleza por la efusión de la naturaleza. San Benito, al refugiarse en Subiaco, escoge uno de estos parajes preciosos que hacen descubrir al Creador en la hermosura de la Creación y donde la ausencia del ruido humano favorece que el alma pueda volverse sobre sí para conocer sus limitaciones y la necesidad de encontrarse con un Dios que la busca amorosamente para llenarla por completo.
Necesidad de la soledad y el retiro
San Ignacio de Loyola también descubrió de un modo singular la llamada al silencio, a la soledad, a la oración, al trato íntimo con el Señor. Primero, en su conversión en la casa-torre familiar de Loyola; y luego, de un modo muy especial, en su visita al monasterio de Montserrat y sobre todo en la cueva de Manresa. Ahí se fue forjando un alma orante, que más tarde enseñó a otras almas a orar a través fundamentalmente de los ejercicios espirituales. Los autores de la escuela ignaciana han sido maestros de oración y han recalcado esta importancia del retiro.
Santa Teresa de Jesús dice que “es gran cosa la soledad, y grandísimo bien acostumbrarse a ella para personas de oración” (Camino de perfección, 6,6 / 4,9). Su concepción, acorde con los orígenes del Carmelo, es que las carmelitas descalzas son verdaderas “ermitañas”: viven en comunidad, pero cultivando cada una su retiro personal en la celda y sobre todo el recogimiento interior. De hecho, la gran Doctora abulense vivió inmersa en la corriente espiritual del “recogimiento”, tan importante y fructífera en el siglo XVI español, en la cual ella fue introducida gracias a la lectura del Tercer Abecedario Espiritual del franciscano Fray Francisco de Osuna, que le proporcionó su tío Pedro de Cepeda cuando hacía una vida propiamente eremítica en el pueblecito de Ortigosa de Rioalmar (Ávila); más adelante, ingresaría como monje jerónimo, al parecer en el monasterio de Guisando (también provincia de Ávila).
Ciertamente, la soledad favorece el encuentro del alma a solas con Dios… y consigo misma. Y en esa soledad, el alma puede descubrir una compañía incomparable, una presencia envolvente de Dios, que todo lo llena, que todo lo penetra, que lo invade todo y da sentido a todo lo que se hace. La persona, no sólo en alma, sino con cuerpo y alma, se ve envuelta y penetradade Dios.